Cuentos: Grietas del Tiempo

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Escribió el Periodista e Historiador, Carlos del Frade, como prólogo a este libro:

"MEMORIA LUZ

 ¿Para qué sirve la historia?

Hay distintas maneras de responder esta pregunta.

Para los españoles, por ejemplo, la palabra memoria amaneció en el siglo quince, el tiempo del llamado “descubrimiento” de América. Días en que los peninsulares sentían que formaban parte de un imperio invencible. Según el diccionario de etimología de Joan Corominas, aquella primera aparición de la palabra memoria significaba “remembrar”, volver a pasar por el corazón. Un contenido bello y profundo. Ideal para esos días de gloria del imperio español.

Hacia el siglo diecinueve, en cambio, cuando la isla de Cuba se independizó y completó la pérdida total de las colonias españolas en América y la vida se hizo difícil para las mayorías, el concepto de memoria cambió. En realidad, fue modificado desde el poder, desde el estado.

Memoria era una acción de los memos, sinónimo de “lelos”.

Tener memoria en el siglo diecinueve en la España crepuscular era una cosa de tontos, de estúpidos.

Era lógico: el poder siempre censura o ridiculiza a aquellos que recuerdan los buenos tiempos que no son, justamente, los del presente. Por eso en esa España decadente, hacer memoria era cosa de estúpidos.

Algo parecido sucedió en la Argentina de los años noventa, cuando la hipocresía del menemismo y delarruísmo condenaba a los que ejercían la memoria y recordaban el país diseñado por el primer peronismo y el viejo yrigoyenismo. Nostálgicos del 45 o se quedaron en el tiempo, era la condena. Similar a lo sucedido en España.

Esta es una definición de la memoria.

Para los griegos, en tanto, la raíz de la palabra memoria es la misma que la de la palabra verdad.

El mensaje es luminoso: tener memoria es vivir en la verdad, el que prefiere el olvido, en realidad, vive en la mentira, le conviene la mentira.

Es una bella definición.

Pero hay un tercer concepto al cual particularmente adhiere este cronista.

Lo forjaron los pueblos guaraníes, los primeros en poblar las islas que deambulan en el agua de ríos marrones, el Paraná, tres mil años antes de Cristo.

Ellos hablan del aguyje, vocablo guaraní que significa plenitud y memoria.

Ambas cosas.

Porque el aguyje, por otro lado, remite a un lugar social, la tierra sin mal.

Ese espacio en donde construir una sociedad en igualdad para que todas y todos tengan la posibilidad de ser felices a partir de la realización de sus sueños.

Sueños que no son personales, sino colectivos.

Sueños que marcan el peregrinaje de un pueblo a lo largo del tiempo.

Principios y metas que son necesarios recordar no solamente para saber lo proyectado en la generación de los abuelos, sino que sirven en el presente para determinar en qué punto de semejante búsqueda existencial se ubican en el ahora.

Es una definición profunda y dinámica.

La memoria, dicen los guaraníes cuando pronuncian aguyje e insisten tozudamente en la realización de la tierra sin mal, es algo que sirve para no perder nunca de vista el proyecto original y recrearlo en el presente para conquistar un futuro para todos.

Para eso sirve la historia, para enamorarnos del pueblo que integramos, para saber que la bandera es algo más que la camiseta de la selección de fútbol y que en esas crónicas está la necesaria fuerza de los principios para saber por dónde y con quiénes podemos pelear en el presente para construir un mañana luminoso para las mayorías.

Cuando uno se pregunta para qué trabaja, para qué estudia, para qué vive; el cuestionamiento es vital. Está preguntándose por el sentido de la existencia.

Hay una respuesta simple.

Uno vive para intentar ser feliz.

Pero, ¿qué es la felicidad?

Es lo que decían los guaraníes, lograr la plenitud desde la conciencia que genera la memoria. El aguyje, la tierra sin mal.

La felicidad es la realización de los sueños colectivos.

Pero para hacerlo, hay que pelear.

Porque desde hace mucho tiempo los que son más en estos arrabales del mundo soportan las imposiciones de las pesadillas de los que son pocos.

Las minorías, sabedoras del poder movilizante de la memoria, construyen el olvido, militan la falsificación histórica.

Para que las pibas y pibes del presente no encuentren caminos que pueden ser vueltos a transitar en estos días, sueños colectivos que exigen protagonismo, rebeldía e información sobre los dueños del país.

Porque la memoria no es neutral.

La memoria popular implica trabajar en la identificación de lo anti popular, en el reconocimiento de los puentes que unen a los que aniquilaron a los pueblos originarios, a la nación negra y a los gauchos federales con los actuales concentradores de las riquezas en pocas manos.

La historia sirve para saber que los proyectos inconclusos de Mariano Moreno, Manuel Belgrano, José Artigas y José de San Martín, están vivos en las necesidades básicas insatisfechas de los que son más. Que el bronce de los monumentos y los nombres de las calles no alcanzan para hacer realidad lo mejor del pasado, al contrario, sirven para vaciarlos de contenido, rebeldía y poder movilizador.

Los cuentos que aquí se narran, al mismo tiempo, dicen algo más.

Revelan la mentira comunicacional y política del presente.

Cualquier prestador de televisión por cable ofrece una multitud de ochenta canales al alcance del control remoto y promete que semejante cantidad de botones es sinónimo de información permanente y al instante.

Sin embargo, algo sucede.

No se sabe bien por qué pasan las cosas que suceden a la vuelta de casa.

No está en la grilla de los ochenta canales del cable.

Porque el sistema, en realidad, aplica su lógica.

Cada vez hay más información sobre lo que está lejos, porque de esa manera garantiza que el receptor, el televidente, el oyente, no participe jamás de algún hecho político o social que efectivamente pueda modificar la realidad.

Más información sobre lo más lejano para alejar, cada vez más, al ciudadano de la política, de la posibilidad de transformar lo cercano, lo propio, lo que realmente le interesa.

Este libro de Fernando Albrecht es un claro y luminoso desafío a esa condena que quiere imponer de manera eterna el sistema.

Las historias que cuenta sirven para comprender mejor la vida concreta y cercana y, a partir de esos relatos, tomar partido en el presente para construir la tierra sin mal que se merecen las mayorías del lugar.

No deje de conmoverse con estas historias.

Es una buena manera de saber que siempre se está a tiempo para modificar las reglas de juego, salir de la tribuna eterna y jugar en la cancha grande de la historia.

Porque alguna vez tenemos que jugar nosotros, porque alguna vez nos merecemos ganar nosotros.

Para esto sirve el libro que tiene en sus manos."

Carlos del Frade

Rosario, abril de 2008.

 

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